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odiseas

Ya no hay nada que salvar.

Ya no hay nada que salvar.

   Es difícil darse cuenta de que somos estúpidos. No me incluyo en el colectivo para intentar no ofender. Me incluyo porque lo difícil no es darse cuenta de que todos los demás sois estúpidos. Lo difícil es darse cuenta de que uno mismo lo es. Nuestro subconsciente, nuestro alter ego, o nuestro amor propio, o cualquiera que sea esa parte en nuestro cerebro que nos prohíbe pensar que no valemos nada, tampoco nos permite darnos cuenta que, aunque sabemos que somos diferentes, somos parte de las mismas moléculas que se menean, del mismo sistema, del mismo colectivo, de la misma gente que odiamos. Porque nosotros conocemos nuestros motivos, nuestras razones, nuestros deseos y nuestras inquietudes. Recordamos todas esas veces que hicimos el bien, y todo lo que tuvimos que aguantar. Para algunos, sus actos menos honrosos, pueden estar guiados por la revancha, por la venganza, aunque para ellos se llama justicia. Es como estar en un atasco, pero tienes prisa porque alguien te espera. Tu novia te está esperando para ir al cine y has salido con el tiempo justo. Maldita sea, no se quitan de en medio. Empieza un claxon, luego otro. El primero se calla y se queda el segundo. Luego silencio. Empieza el primero con un ritmo un poco más frenético ya, y el segundo vuelve a secundarle con el mismo prolongado piiiiiiiiiiiiiiiii. Pero ahora se unen el tercero y el cuarto. Pasan 20 minutos y tras situar el móvil por dentro y por fuera de la ventanilla, tras haberlo apagado y vuelto a encender; no hay remedio. No hay cobertura. Se te pasan por la cabeza fragmentos de películas o teleseries donde, el policía rebelde y modelo, el ejecutivo del descapotable o el enamorado galante con vaqueros, se suben sobre los coches con la pistola, el ramo de rosas o la alianza en su cajita cerrada por un lazo rojo, mientras el resto de conductores se queda con la boca abierta y los ojos echando chispas pero no salen de su vehículo o sólo lo hacen para llamar al starring ¡gilipollas!. No, en este caso, piensas, lo más probable es que alguien saliese del coche y te apuntase la matrícula. Y en el juzgado de guardia te iba a tocar pagar reparaciones en chapa y, si tienes mala suerte, algún esguince cervical por el susto que le diste a aquella señora. En fin, que pasan tres cuartos de hora y finalmente sales del atasco. Cuando llegas por fin, tu novia se ha ido. Ahora, que ya tienes cobertura, la llamas, pero mientras marcas, te paras a pensar en qué vas a decirle. Entonces cuelgas. Y piensas. Tienes que inventarte una excusa, no hay más remedio. Si le dices que sientes haber llegado tarde, pero es que había un atasco... malo. Mucho tráfico... peor todavía. Piensas algunas causas hipotéticas de causa mayor, pero... las buenas requieren demostración. O puedes contarle algo muy malo sobre ti, como que te estás viendo con otra tía. Eso se lo traga seguro. Lo sabes. Y desde luego, ya no le va a importar el retraso. Al menos el del coche. No... finalmente decides contarle la verdad, que ya has visto suficiente para saber que la mentira tiene fecha de caducidad, sobre todo porque, como dijo aquél: la verdad es más fácil de recordar. Así que la llamas, pero no descuelga el teléfono. Descuelga a la vigésima llamada mientras intentabas descubrir si iba o no a apagar el móvil. Empieza con el primer apelativo a la fauna (cerdo), y empiezas a contarle la historia. Sigue con una serie de apelativos (gusano, macho cabrío...) y termina hablando de excrementos y de árboles genealógicos. Pero por eso la quieres, ¿no? En fin, que no importa lo que haya pasado porque ella no estaba allí. No importa que le describas los coches o tu peripecia sobre los capós de los mismos (ahora entiendes que tal vez el juzgado de guardia sí pudiera haber tenido una compensación). Pero no es así. Ya se ha encendido la mecha, y el tiempo sigue contando. Salen trapos sucios de la última discusión, y de la anterior. Probablemente ésta vaya a ser el resumen de los trapos sucios que saldrán en la próxima, además de dejarla colgada una hora en la parada del bus. Entonces, como tú sabes que no eres esa persona que ella menciona cada vez con un tono de odio más venenoso en las palabras que escupe, se te hinchan los huevos y empiezas a responder, a equilibrar la balanza de trapos sucios, y como otras veces, acabais compitiendo a ver quién cuelga antes. Es importante, porque luego sienta las bases de ese principio moral cultural difuso sobre quién debe llamar antes. Y a veces no llama nadie. Pero aquí es donde quería llegar. Todo hubiera sido distinto si ella también estuviese en el coche. Si el atasco hubiera sido en el tramo previo al cine. Ella habría adorado tu forma de tranquilizarla, o tu explicación sobre la diferencia entre los juicios de las películas americanas y los juicios reales, dejando claro tus intenciones de patear la chapa de esos estúpidos conciudadanos. A lo mejor, incluso te ganabas una mamada de espera. Depende de la anchura de los carriles, la iluminación ambiental y por supuesto las idiosincrasias de tu novia. Por eso debemos conducir los tíos.

   Bien, todo esto explica porqué no podemos pensar que nosotros tenemos la culpa. Pero a veces lo pensamos. A veces rebasamos lo que conocemos, vamos más allá de explicaciones creadas para nuestra historia y analizamos los hechos: llegar tarde, discutir, ruptura. O también: llegar tarde, elegir otra película, ruptura. Incluso a veces, sabemos que tenemos la culpa o incluso creemos tenerla aunque no sea así. Dejemos aparte que todo es muy relativo y que la culpa, como concepto abstracto que es, es susceptible de las circunstancias y de nuestra propia estupidez. La culpa de andar por casa, así, macroscópica y coloquialmente, la tiene la persona que posee la causa del acontecimiento negativo sucedido. Y sí, todo es parte del Todo, todos somos parte de un sistema con un desarrollo unilateral y unas consecuencias o devenir común. Entonces es cuando nos damos cuenta de que somos estúpidos.

Sí, vosotros también.

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