odiseas |
Existir es un acto no elegido. Ser consciente de ello es una odisea. |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.
En mitad de la noche una sensación de náusea me estremece. Mi estómago se contrae aún más de lo habitual y siento que estoy harto de todo, pero no como una frase hecha sino realmente empachado de la vida. Intento fumar un cigarrillo pero el humo es demasiado denso para mi sangre y el dolor de pecho y la sensación de náusea vuelven a invadirme. Bostezo varias veces y se reproduce la náusea. Todo es nauseabundo sin motivo. Mientras tecleo, apago el cigarro casi entero dentro de una lata de refresco llena de colillas. Es extraño la forma que tiene el mundo de expandirse, la forma en que van cambiando las percepciones y las conclusiones de una persona a lo largo de su vida. Cuando uno es joven piensa más claramente. A los diez años el cerebro empieza a tener demasiadas variables en la ecuación y donde arrojamos luz sobre la sombra del desconocimiento, proyectamos más sombras sobre dudas que asoman detrás. Porque cuando había menos luz, ciertamente había menos sombras. El espacio de las dudas y del miedo es infinito como el espacio sobre el que se sujetan las estrellas y los átomos. El hueco del miedo es ineludible, y nuestra mente ha de rellenarlo de un modo u otro. Si nos acechan miedos reales, los fantasmas desaparecen, no tienen cabida en el hueco y todo va bien. Sin embargo, si no existen los miedos reales, los fantasmas vienen para quedarse, para rellenar el hueco del miedo, y contra los fantasmas de la cabeza no se puede luchar con armas reales. Nuestra medida del placer siempre está regida por la medida del miedo y el deseo, por la magnitud del sufrimiento. Es un espacio perfectamente definido y delimitado, finito, concreto. Nuestra cabeza. Nuestra mente. Siempre cambiante. Todo cambia. Nos debatimos en una dialéctica eterna entre el aburrimiento y la ansiedad, entre el miedo y la paz, entre el deseo y la satisfacción. La búsqueda del placer, de la felicidad, es un camino extraño en el que a veces, aunque la dirección esté muy clara, no sabemos en qué sentido avanzamos. O en qué sentido retrocedemos. ¿En qué punto del camino estamos? ¿Cómo ser optimistas cuando es más fuerte la sensación de dolor que la de placer, la de deseo que la de satisfacción y la de miedo que la de paz? ¿Por qué es más fuerte la lección aprendida por las malas, por la violencia o por la necesidad? ¿Por qué es más fuerte el sentimiento de derrota que el de victoria? ¿Dónde hemos aprendido eso? La naturaleza nos ha dotado de ciertos mecanismos para nuestra propia autoconservación y la conservación de la especie, pero esos mecanismos han sido apoyados en el dolor, en el miedo y en el sacrificio. En la necesidad y en el deseo. Muy pocas y efímeras son las satisfacciones y los placeres, y siempre están medidas con respecto al sufrimiento previo. El orgasmo se define como un paso de un estado de gran excitación a otro de calma. Como la risa. ¿Acaso no es cierto que el placer que sentimos al orinar cuando la necesidad es apremiante, siempre es proporcional a esa necesidad, a ese sacrificio? Es, de hecho, la sensación de alivio lo que nos parece placentera, es el paso de una situación de dolor, de necesidad, de deseo, a otra situación neutra, pero que, en comparación nos resulta placentera, sosegada y satisfactoria. Del mismo modo que el placer de la comida sólo es realmente evidente cuando existe un deseo desmesurado. Cuanto mayor es el deseo, mayor la satisfacción. Y una vez la satisfacción se esfuma, nos deja vacíos y desorientados, y buscamos la forma de volver a sentir esa satisfacción o ese placer caminando en dirección opuesta al sufrimiento. Huyendo de él creemos que encontraremos su opuesto. Tal vez estemos pagando con este pesimismo porque no necesitamos la esperanza. Tal vez paguemos con locura un estado mental autoimpuesto por nosotros mismos y los que nos rodean basado en el equilibrio, en lo esperable, en lo lógico. Tal vez paguemos con depresión y falta de objetivos por la comodidad y la complecencia que nos rodea. Pero es seguro que nuestro sufrimieto, nuestro miedo, deseo y necesidad son la medida de nuestra vida. Me pregunto qué pasaría realmente si, de pronto, nos anuncian el fin del mundo, o una amenaza real lo suficientemente grave como para que el futuro inmediato de la vida en la tierra sea dudoso. Algo como un asteroide de unos pocos kilómetros de diámetro cuya trayectoria se cruza con la de nuestro planeta. ¿Cómo nos lo tomaríamos realmente? Para la cultura occidental agnóstica y atea, cuya fe (lejos de no existir) se basa en la publicidad y el consumo, y cuyos pastores y sacerdotes son nuestros receptores de televisión, ¿cómo encajaríamos la noticia? De pronto, el noticiero resuena en los altavoces de nuestros transistores, de nuestros televisores: "Un meteorito ha sido localizado por los astrónomos del Monte Palomar, y según sus informes su trayectoria pasa por la de nuestro planeta de forma que colisionará con él en el plazo de una semana. Se trata, según fuentes de la NASA, de un destructor total, un asteroide de treinta kilómetros de diámetro moviéndose a muchos miles de kilómetros por hora hacia nosotros. Su impacto se estima que será equivalente a varios cientos de bombas atómicas como la que impactó en Hiroshima". Como ocurrió con el atentado a las torres gemelas de Nueva York, mucha gente dejaría su trabajo para escuchar la noticia, pero yo creo que ésta atraería la atención de mucha menos gente. La mayoría pensaría que es una película o algún truco, ni siquiera comprenderían muy bien su significado, porque no tienen demasiado claro qué es un asteroide, o un meteorito, les sonaría tan real como marciano, hiperespacio o teletranspórtame, Scotty. A mi abuela la noticia no le diría nada, al menos hasta que alguien "de confianza" le dijera algo así como "vamos a morir todos". Claro que eso los abuelos ya lo saben, pero mi abuela, y otras muchas personas, no entenderían realmente el significado de esas palabras. Otros, curados de espantos, creerían que se trata de alguna broma como aquella que protagonizó Orson Wells en "La Guerra de los Mundos" en un ataque simulado de los alienígenas y transmitido por radio, lo que produjo, según se cuenta, una huida de muchos oyentes de la ciudad, con sus familias, buscando protección. O pensarían que es parte de algún show sensacionalista. Incluso no faltarían los que, versados en tales asuntos e incluso doctos en la materia, creerían que se trata de un error periodístico o de un intento para lograr mayor audiencia. Pero entonces harían zapping para comprobar que en todos los canales están hablando de lo mismo. Y entonces llamarían por teléfono. Una vez digerido, los días siguientes a la noticia, apuesto mi culo a que mucha gente iría a trabajar de forma "normal". De hecho, los propios periodistas encargados de seguir el acontecimiento verían lo posibilidad de destacar en su trabajo. Porque estoy convencido de que "el fin del mundo" no es una noticia lo suficientemente importante como para detener la inercia de nuestra cultura pragmática, la vorágime absurda de la rutina del consumo y la búsqueda del placer. Por supuesto habría alarmistas, y seguirían siendo tildados de alarmistas por aquellos que en ese acto de etiquetar viesen la oportunidad de sacar algún provecho personal o económico. Las grandes corporaciones harían sus cálculos, sus secretarias transcribirían y se desarrollarían estrategias económicas con respecto al acontecimiento. Algunos cogerían sus coches, lo llenarían con sus pertenencias y se irían al lugar más alejado del supuesto "punto de impacto", que se masificaría. Otros, pensando que todo es un ardid de los poderosos para que el verdadero punto de impacto no se masifique tomarían decisiones opuestas. Habría gente cavando en sus sótanos y la bolsa cerraría con mínimos alarmantes, mientras los supermercados se quedarían desiertos y muchos puestos de trabajo vacantes. Algunos atracarían tiendas y bancos. Otros se declararían a la mujer que ocupa su mente desde hace tanto tiempo. Y muchas de esas mujeres no los aceptarán. Otras supongo que sí. Y desde luego habrá personas que no se hayan enterado a falta de un día del impacto. Muchos supondrán, tranquilos que a los americanos se les ocurrirá algo, algún remedio, como en las películas. Todos pensarían (incluso los científicos, por supuesto) en enviarle unos misiles nucleares. El último día sería desde luego el más frenético. Suicidios, asesinatos, accidentes. Muerte. Un día normal. |
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