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odiseas

Atrapado en un sueño turbio.

Atrapado en un sueño turbio.

   En mitad de la noche una sensación de náusea me estremece. Mi estómago se contrae aún más de lo habitual y siento que estoy harto de todo, pero no como una frase hecha sino realmente empachado de la vida. Intento fumar un cigarrillo pero el humo es demasiado denso para mi sangre y el dolor de pecho y la sensación de náusea vuelven a invadirme. Bostezo varias veces y se reproduce la náusea. Todo es nauseabundo sin motivo. Mientras tecleo, apago el cigarro casi entero dentro de una lata de refresco llena de colillas. Es extraño la forma que tiene el mundo de expandirse, la forma en que van cambiando las percepciones y las conclusiones de una persona a lo largo de su vida. Cuando uno es joven piensa más claramente. A los diez años el cerebro empieza a tener demasiadas variables en la ecuación y donde arrojamos luz sobre la sombra del desconocimiento, proyectamos más sombras sobre dudas que asoman detrás. Porque cuando había menos luz, ciertamente había menos sombras. El espacio de las dudas y del miedo es infinito como el espacio sobre el que se sujetan las estrellas y los átomos. El hueco del miedo es ineludible, y nuestra mente ha de rellenarlo de un modo u otro. Si nos acechan miedos reales, los fantasmas desaparecen, no tienen cabida en el hueco y todo va bien. Sin embargo, si no existen los miedos reales, los fantasmas vienen para quedarse, para rellenar el hueco del miedo, y contra los fantasmas de la cabeza no se puede luchar con armas reales. Nuestra medida del placer siempre está regida por la medida del miedo y el deseo, por la magnitud del sufrimiento. Es un espacio perfectamente definido y delimitado, finito, concreto. Nuestra cabeza. Nuestra mente. Siempre cambiante. Todo cambia.

Nos debatimos en una dialéctica eterna entre el aburrimiento y la ansiedad, entre el miedo y la paz, entre el deseo y la satisfacción. La búsqueda del placer, de la felicidad, es un camino extraño en el que a veces, aunque la dirección esté muy clara, no sabemos en qué sentido avanzamos. O en qué sentido retrocedemos. ¿En qué punto del camino estamos? ¿Cómo ser optimistas cuando es más fuerte la sensación de dolor que la de placer, la de deseo que la de satisfacción y la de miedo que la de paz? ¿Por qué es más fuerte la lección aprendida por las malas, por la violencia o por la necesidad? ¿Por qué es más fuerte el sentimiento de derrota que el de victoria? ¿Dónde hemos aprendido eso? La naturaleza nos ha dotado de ciertos mecanismos para nuestra propia autoconservación y la conservación de la especie, pero esos mecanismos han sido apoyados en el dolor, en el miedo y en el sacrificio. En la necesidad y en el deseo. Muy pocas y efímeras son las satisfacciones y los placeres, y siempre están medidas con respecto al sufrimiento previo. El orgasmo se define como un paso de un estado de gran excitación a otro de calma. Como la risa. ¿Acaso no es cierto que el placer que sentimos al orinar cuando la necesidad es apremiante, siempre es proporcional a esa necesidad, a ese sacrificio? Es, de hecho, la sensación de alivio lo que nos parece placentera, es el paso de una situación de dolor, de necesidad, de deseo, a otra situación neutra, pero que, en comparación nos resulta placentera, sosegada y satisfactoria. Del mismo modo que el placer de la comida sólo es realmente evidente cuando existe un deseo desmesurado. Cuanto mayor es el deseo, mayor la satisfacción. Y una vez la satisfacción se esfuma, nos deja vacíos y desorientados, y buscamos la forma de volver a sentir esa satisfacción o ese placer caminando en dirección opuesta al sufrimiento. Huyendo de él creemos que encontraremos su opuesto. Tal vez estemos pagando con este pesimismo porque no necesitamos la esperanza. Tal vez paguemos con locura un estado mental autoimpuesto por nosotros mismos y los que nos rodean basado en el equilibrio, en lo esperable, en lo lógico. Tal vez paguemos con depresión y falta de objetivos por la comodidad y la complecencia que nos rodea.

Pero es seguro que nuestro sufrimieto, nuestro miedo, deseo y necesidad son la medida de nuestra vida. 

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2 comentarios

Baalhug -

No, no he leído a Sartre.

Anónimo -

has leído a sartre?
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